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Quería morirse. Aquellas palabras la estaban apuñalando y ya no podía aguantar más el dolor. Deseaba con todas sus fuerzas que terminase la tortura y se fuese con ella la nueva vida que le estaban construyendo.
Ante ella, un rostro impasible, una bata blanca y una monótona voz continuaba la retahíla de negras pinceladas. Con parsimonia le relató un sinfín de dolores, nauseas, mareos y problemas. Pero lo peor no serían las erupciones, ni la tumefacción de las articulaciones, ni las hemorragias, ni si quiera las convulsiones. Lo peor serían los cambios de humor, la depresión, los pensamientos irracionales. Todo ello bañado en un mar de incertidumbre.
Pero aquella voz parecía no estar suficientemente contenta con lo dantesco de la historia así que decidió coronarla con una última joya. "Con el tiempo los sintomas empeorarán", le habían dado la estocada y ahora venía la puntilla "desgraciadamente las expectativas de vida son bastante reducidas". En aquel momento una corta vida le parecio demasiado larga.
Durante los años siguientes se acercó decenas de veces a la barandilla de su balcón. En los peores momentos de su enfermedad miraba hipnotizada el lejano suelo. Quería morirse, acabar con aquel sinsentido. Sin embargo, una y otra vez le invadía el miedo y despacio se alejaba del abismo de su salvación. Mil veces se maldijo por no tener valor para terminar con todo.
Con el tiempo todo empeoró, las ganas de morir se quedaron abrazando a un nuevo inquilino, la resignación. Muerta en vida pasaba los días esperando el fin. Ya no miraba el lejano suelo desde su balcón, en realidad ya apenas se fijaba en nada.
Entonces la vida le enseñó que un mundo invisible no la conviertía en invisible. Fue un segundo, un instante tan fugaz que hacía imposible percibir ningún detalle concreto. Algo en su interior se retorcía para despertarla de su letargo obligandola a ver. A ver dos ojos mirándola, una sonrisa alagándola.
Los días pasaron con miedo, su infierno no había desaparecido pero ahora el lobo que la desgarraba se había convertido en un tierno cachorro. Dolor y locura se mezclaron con besos y caricias; los primeros eternos, los segundos inciertos.
"Quiero morirme", le dijo. Un abrazo fue la única respuesta y ella lloró. Lloró por haberle mentido, lloró porque con más fuerza que nunca deseaba vivir.
1 comentario
La primera lectura me dejó muy triste. Pero a la segunda recordé esta canción. Gracias, me has hecho pensar varias cosas. Como que no todas las cosas que te parecen tristes te han de hacer llorar, igual que no todo lo que te hace llorar ha de ser triste...
Un bico.
